El comienzo de la película es un buen resumen de las virtudes y los defectos que ocupan todo el metraje de esta nueva realización de Sofia Coppola: un automóvil deportivo (luego sabremos que está conducido por el protagonista) corre hasta completar cuatro vueltas a un circuito, entrando y saliendo de cuadro ante una cámara estática. Válida como metáfora para presentar al personaje que interpreta Stephen Dorff (una estrella de cine que trata de condimentar el vacío de su existencia buscando emociones fuertes), el prolongado plano termina por aburrir. Y esa es la sensación que casi con seguridad se va a llevar el espectador cuando se enciendan las luces de la sala después de la proyección. Es innegable que la directora pinta con precisión la vida de este actor, desconcertado por la irrupción en su vida de una hija adolescente; pero no es menos cierto que en demasiados momentos de la película, la preocupación de la directora por alinearse en la corriente del cine independiente norteamericano y por darle a su filme una impronta alejada de los productos de los grandes estudios termina por frustrar la carga emotiva de la historia. Las expectativas abiertas por la anterior producción de Coppola (además del peso del apellido) hacían esperar un producto mejor logrado.
Con todo, pueden apuntarse aciertos en la propuesta: son buenas las actuaciones de Dorff y la de Elle Fanning, y correcto el aporte de Michelle Monaghan (en un breve rol). Luce adecuado el entorno en el que se desarrolla la vida del protagonista (un legendario hotel de artistas en Los Angeles) y, a causa de esta elección, el paralelo con el ambiente aséptico y neutral de "Perdidos en Tokio" salta a la vista. La narración resulta fluida, a pesar de la morosidad de ciertas escenas.
Es imposible negar que Sofia Coppola es palabra autorizada para describir el mundo del espectáculo, al que pertenece desde siempre. Pero en este cuarto título de su producción, la emoción parece ausente.